«...Las tiendas de los vivanderos formaban una línea desordenada paralela al río: lonas tensas, postes inclinados, carros apoyados contra estacas y montones de sacos y barriles apilados sin orden fijo...»
¿Cómo se levantaba un campamento de los Tercios, quién lo repartía y quién vivía dentro?
Cuando una columna de los Tercios paraba a pasar la noche lejos de una población, el campamento era el lugar donde dormía, comía y se organizaba todo el ejército: soldados, oficiales, mulas, carros y la gente que los seguía sin pertenecer a las compañías.
Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar, de Sancho de Londoño, impreso en Bruselas en 1596, nos da una imagen de cómo se organizaba un campamento y cómo debía gestionarse.
El terreno donde se asentaban los campamentos no tenía una planta única: se disponían en campos cuadrados, redondos, triangulares o alargados, y Londoño pide adaptarlos al terreno y a las necesidades del momento. Entre los factores que enumera para elegir el sitio están el agua, los pastos, el suelo, la exposición, la salubridad y la posición respecto al enemigo.
El oficio que organizaba el campamento era el de furriel. Londoño lo equipara al de los metatores de las legiones romanas: «Los Furrieles que llamaban mayores en los tercios han de hacer lo que hacían los metatores en las legiones». Debían conocer sitios y lugares y, cuando el tercio marchaba por su cuenta, podían intervenir en la elección del alojamiento.
El furriel mayor se adelantaba a tomar cuartel y lo repartía después entre los furrieles particulares, a los que Londoño llama «aposentadores de las compañías»: los encargados de alojar a la gente de cada una.
Londoño prevé una «plaza principal y universal, que debe ser en la mitad de todo el sitio», y espacios diferenciados para las unidades y para los mercaderes. También regula las señales con tambores y pífanos. Describe cómo debía disponerse un campo, no cómo se dispuso cada uno.
La compañía era la unidad militar formal, pero no la que compartía el techo. Londoño escribe que los soldados debían alojarse «repartidos en camaradas» y que de las camaradas procedía «poderse sustentar con el sueldo mejor que estando cada uno de por sí». La camaradería, por tanto, ya aparece en los tratados del siglo XVI.
Las fuentes consultadas no fijan cuántos hombres compartían cada tienda, pero todo indica que una tienda sería compartida por varios soldados.
Se cita que los furrieles «han de tener asimismo cuenta de los bastimentos, armas, y otras cosas»: los bastimentos eran las provisiones de boca, y el cargo de furriel incluía llevar su cuenta junto a la de las armas.
Londoño da además la medida de lo que un ejército necesitaba para sostenerse: su orden y su salud, escribe, consisten principalmente en que no falte «pan, vino, carne, sal, óleo, vinagre, agua, leña, paja, heno, cebada». La leña figura en la lista junto al pan, el vino y el agua. Del agua dice además que las bestias debían beber en un lugar donde no la gastasen ni la enturbiasen para los hombres.
Las mulas, los carros y quienes los manejaban formaban parte de la logística diaria de una columna. Con ellos viajaban los vivanderos, mercaderes que vendían víveres y otros géneros a la tropa y para los que se reservaban espacios propios en el campo. La comida combinaba las provisiones del ejército con lo que vendían los comerciantes.
Con los ejércitos de la época iban vivanderos, lacayos, mujeres, niños y animales. Las mujeres eran particulares o comunes. Solo las «casadas y veladas» podían acompañar a un soldado como mujer particular; el resto se consideraban comunes a la tropa. Su papel se cuenta con más detalle en la crónica Mujeres de campamento.
La vigilancia nocturna descansaba en las centinelas. Londoño lo resume así: «en confianza de las centinelas, duerme todo el ejército». El mismo autor regula la limpieza del campamento y la retirada de inmundicias y de animales muertos.
Contempla además entradas y salidas, guardias, centinelas y medidas de protección del campo. Un campamento era, según esa descripción, un espacio controlado y no una concentración abierta.
El procedimiento exacto de cómo se inspeccionaban vivanderos, carros y mercancías no se sabe a ciencia cierta, pero un control a la entrada es compatible con la organización que describe Londoño. La novela lo representa a la puerta del campamento de Namur.
«...El furriel mayor estaba plantado junto a la barrera, con la vara apoyada en la cadera y ese gesto suyo de medirlo todo sin mover un músculo. Gaspard sabía que, cuando el furriel miraba así, los vivanderos debían hacerse pequeños...»
Ellos no, capítulo VII.
Un campamento era el lugar donde los días se hacían largos. Entre el asentamiento y la llegada de la orden de levantarlo, había muchas horas sin servicios de armas, y los tratadistas sabían en qué podían emplearse. Londoño habla del ejemplo que deben dar los mandos, cita los juegos de dados y advierte de que de ellos «nacen los reniegos y blasfemias, los juramentos falsos y vanos, los odios, las riñas».
La ordenanza de Metz (1552), para el ejército de Carlos V, obligaba a los oficiales a atajar las riñas surgidas en sus cuarteles, entre soldados suyos o de otra nación, y mandaba que, si la disputa enfrentaba a soldados de naciones distintas, «sea pasado por las picas el que pareciere que ha movido la cuestión» (el reo pasaba entre dos filas de soldados que lo atravesaban o lo hacían caer sobre las puntas). La ordenanza prohibía también ir a comer o jugar a las tabernas donde estuviera alojada gente de otra nación.
No se sabe cuántas riñas hubo, pero sí que se temían lo suficiente como para regularlas.
Podría ser una comparación moderna. Las fuentes permiten hablar de plazas, alojamiento, mercaderes, guardias, entradas y abastecimiento.
Las fuentes documentan que era una operación de organización. Había que encontrar el lugar, repartirlo, alojar a las compañías, mantener las guardias, asegurar agua y suministros, atender a hombres y animales y, cuando llegaba la orden, desmontarlo todo. Había que recoger las pertenencias, cargar los animales y volver a ordenar las unidades en columna.
«...Se estableció el campamento entre el resoplido cansado de las mulas y el crepitar de alguna hoguera. Hilario se echó a dormir con el abrigo de su capa, bajo el manto de estrellas que esa noche le vieron como piquero real.»
Ellos no.

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Sancho de Londoño, Discurso sobre la forma de reduzir la disciplina militar à mejor y antiguo estado (Bruselas, Roger Velpius, 1596; primera edición, 1587); Ricardo González Castrillo, El arte militar en la España del siglo XVI (Madrid, 2000).
«La disciplina en los Tercios a mediados del siglo XVI. Ordenanza para el ejército sobre Metz [1552]», en el blog Tercios de Flandes (2019).