«...Compañía tras compañía, el bloque se fue cerrando: picas y arcabuces al mismo ritmo, hombro con hombro, sin hueco. Las mulas cargadas de barriles y sacos se metieron entre los tramos de infantería. Los carros salieron de sus sitios con un chirrido seco...»
¿Cómo se ponía en marcha un Tercio sin deshacerse en el primer tramo?
Una orden de marcha fijaba el destino, la hora de salida, el itinerario, el orden de precedencia y las medidas de seguridad. Cada marcha dependía de la operación, de la estación o del terreno.
La orden descendía desde el mando hacia los oficiales y suboficiales que a su vez la bajaban hasta las compañías. Dentro de cada compañía los furrieles y los cabos de compañía hacían que los hombres convirtieran esa orden en pequeñas tareas: recoger efectos, ajustar correas, preparar armas y cargas.
Los animales y los carros pedían además un tiempo propio: cargar, asegurar bultos, comprobar cinchas, para que la columna no se atascase en el primer estrechamiento. Por eso el comienzo era desigual. Unos hombres estaban listos antes y otros seguían buscando una pieza de equipo o terminando de cargar una mula.
El orden se buscaba porque hacía posible avanzar, no porque diera buena imagen. Una fuerza de la época reunía compañías, mandos, armas de función distinta, animales de carga, carros y gente de servicio, y su orden de marcha variaba con la misión, la amenaza o el terreno.
Las picas eran largas y difíciles de manejar en espacios estrechos; las armas de fuego, las cargas y los animales planteaban problemas distintos. Y la columna se estiraba: quien marchaba en cabeza no siempre sabía qué ocurría en la cola, y un retraso pequeño al principio podía multiplicarse hacia atrás. Los puentes, los vados, las puertas y los caminos encajonados son los puntos donde mejor se ve una marcha, porque ahí la disciplina deja de ser una virtud y se vuelve una necesidad práctica.
«El terreno es estrecho, pero suficiente para el Tercio en columna. Si nos retrasamos, podrían cerrarnos el paso, así que hemos reforzado la retaguardia.»
Ellos no, capítulo VII.
El peso que parecía tolerable en el campamento no lo era después de horas de camino. Las correas rozan, los zapatos se empapan, el arma y el equipo golpean el cuerpo. El primer día sacaba a la luz las ampollas, la sed, el hambre y a los hombres que habían calculado mal lo que podían cargar. El barro no solo ensuciaba: frenaba animales y carros, rompía el orden y encarecía cada paso.
Quedarse atrás no era siempre cobardía. Podía ser agotamiento, un equipo defectuoso, una enfermedad o una carga excesiva. La distancia que se recorría en la primera jornada dependía de la ruta, clima, carga y objetivo.
«En aquellas levas había mucho hombretón que no aguantaba ni la primera noche, pero también se podían hallar grandes soldados.»
Ellos no, capítulo VIII.
Cuando la columna dejaba de avanzar, el trabajo no había terminado. Había que encontrar dónde pasar la noche y cómo sostener a hombres y animales. La historiografía de la logística del ejército de Flandes, con Geoffrey Parker a la cabeza, insiste en que movilización, abastecimiento, alojamiento y paga no eran el telón de fondo de la guerra, sino las condiciones para que el ejército pudiera operar.
El alojamiento dependía de los pueblos disponibles, de los acuerdos, del reparto de tropas y de los recursos locales; en algunos contextos se improvisaban refugios. Toda esta logística tenía consecuencias para la población civil.
Entre quienes preparaban ese reparto estaban los furrieles. Según el tratadista Sancho de Londoño, los furrieles mayores se adelantaban a tomar cuartel y lo repartían entre los furrieles de las compañías.
«ningún furriel de compañía montará tienda hasta que el furriel mayor dé la marca.»
Ellos no, capítulo IX.
Al final del día, el balance útil no eran solo las leguas. Importaba quién se había retrasado, qué se había roto, qué faltaba y qué había que reorganizar antes de volver a ponerse en camino.
La imagen limpia de una marcha viene casi siempre de los tratados. Valdés, Londoño o Eguiluz dicen cómo debía hacerse; no prueban que se hiciera así, ni que se hiciera igual en todas las compañías. Para saber qué pasaba de verdad hay que ir a cartas de oficiales, cuentas, diarios y registros de alojamiento.
Esta crónica recoge lo que los documentos dicen que el ejército de Flandes debía seguir al marchar. La novela por su parte recrea lo que la columna sería: los empujones, los carros, las órdenes cruzadas, el esfuerzo desmedido y la pérdida de muchos de ellos.
La marcha está presente en varios momentos de la novela. La marcha no siempre era por tierra. El mar también era camino de marcha.
«...Una racha fuerte golpeó la vela mayor y la escota se soltó de golpe. El paño se abrió como un latigazo y el barco escoró hacia babor. Un marinero gritó algo que nadie entendió. Villalba, que estaba cerca, intentó amarrar la escota en la cabilla como le había enseñado Oñate...»
Ellos no, capítulo IV.
«...Atrás quedó el bullicio de la villa, dando paso a las últimas casas que traían la tranquilidad de las huertas. El camino se ensanchó bajo el atardecer (...) Recorría la leva de arriba abajo, repitiendo el mismo mandato. Quería mantener la línea, pero conseguía lo contrario. Las mulas de atrás rebuznaban nerviosas al ver cómo giraba grupas ante ellas, los bisoños, con las picas al hombro, ya tenían bastante, y la formación de vanguardia, cada vez que él llegaba, ralentizaba el paso, esperando órdenes.»
Ellos no, capítulo VIII.
Oñate repetía órdenes sin descanso.
—¡Empujad, vamos!
—¡Ese carro, a la derecha!
—¡Arrea esas mulas!
La serpiente seguía creciendo.
Ellos no, capítulo VII.

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Geoffrey Parker, The Army of Flanders and the Spanish Road, 1567–1659: The Logistics of Spanish Victory and Defeat in the Low Countries’ Wars, 2.ª ed. (Cambridge University Press, 2004); Francisco de Valdés, Espeio y disciplina militar (Bruselas, Roger Velpius, 1589 y ediciones posteriores); Sancho de Londoño, Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar a mejor y antiguo estado; Martín de Eguiluz, Milicia, discurso y regla militar (Madrid, Luis Sánchez, 1592); Ricardo González Castrillo, El arte militar en la España del siglo XVI; «El diálogo sobre el oficio de sargento mayor de Francisco de Valdés y los textos de disciplina militar del siglo XVI» (Dialnet).