«...El sol caía a plomo sobre la Plaza del Arrabal, el gran mercado de Madrid, y el aire olía a una mezcla de heno, animal y especias. Hilario ocupó su lugar en la cola de reclutamiento y, sin moverse del sitio, volvió la cabeza, sin saber muy bien dónde posar la mirada...»
¿Qué tuvo que hacer Hilario para alistarse en los Tercios españoles, y qué ocurría una vez aceptado?
Lo que se pedía a cualquier hombre para poder alistarse.
Sobre el papel, nadie estaba obligado a nada: a los capitanes se les prohibía forzar a un solo hombre a tomar las armas. Pero la fuerza no era solo la del acero. Bastaban los veteranos voceando hazañas en las tabernas, el redoble de un tambor o una bandera desplegada en la plaza para que el hambre, la miseria y la promesa de mundo hicieran el resto. Cada cierto tiempo, las plazas de medio reino se llenaban de mozos convencidos de que se alistaban por su propia cuenta.
La edad no era una cifra fija: las ordenanzas la sitúan entre los 18 y los 25 años según el momento, pero la norma se cumplía con bastante mano ancha, y un mozo fornido de menos edad no solía encontrar la puerta cerrada. En los años de mala cosecha, con el hambre apretando en las aldeas, no era raro que un mozo se quitara —o se pusiera— algún año encima con tal de entrar en la fila. Las reglas sobre edad y salud, dicen las crónicas, «se ignoraban con frecuencia».
No se pedía linaje ni oficio concreto. Bajo la misma bandera formaban labriegos, jornaleros y artesanos junto a hidalgos venidos a menos y segundones de casa noble —hijos que, por no ser el primogénito, no iban a heredar nada y veían en la milicia la única vía de fama o fortuna que les quedaba abierta.
El Consejo de Guerra ordenaba la leva y nombraba capitán, que recibía una cédula real —una «conducta»— autorizándole a reclutar en un territorio concreto.
El capitán entraba en la villa con la bandera desplegada, tambor y pífanos. Sus veteranos se repartían por las tabernas cantando las bondades de la vida militar —mujeres, fortuna, tierras lejanas— a quien quisiera escuchar.
Se leía el pliego real en la plaza pública, anunciando la leva y sus condiciones.
Los interesados hacían cola de reclutamiento.
Un escribano tomaba nota de cada uno: nombre, procedencia, edad, oficio, señas físicas que sirvieran para identificarlo si desertaba.
Se hacía el asiento: el nombre quedaba escrito en el libro de la compañía, y desde ese instante el hombre quedaba comprometido al servicio.
Ahí entraba el comisario de leva a jugar su parte: se hacía cargo de esa leva en concreto desde el asiento, y su encargo terminaba cuando la entregaba sana y en orden en el punto acordado, a veces cientos de kilómetros después. Comprobaba que el alistamiento fuera de verdad voluntario y podía rechazar a un recluta sin más explicación.
Existían varios tipos de comisario en el ejército de los Tercios — de eso habla, con más detalle, el artículo dedicado a la figura.
El aceptado quedaba asignado a una leva —normalmente en torno al centenar de hombres— bajo el mando de un cabo de leva: un veterano encargado de portarlos, disciplinados y en orden, hasta el punto de destino, a veces a cientos de kilómetros. No podía castigar por su cuenta, pero era él quien decidía, en la práctica, si un bisoño sobrevivía a sus primeras semanas de marcha o se quedaba en la cuneta.
Cómo se llegaba a ser cabo de leva, y qué significaba mandar a esos cien hombres por el camino, lo contará el artículo dedicado a la figura (próximamente).
Esto era el avío: la ropa y el dinero que se entregaban al alistarse. Lo habitual, una ropilla o jubón, calzones, un par de camisas, medias calzas, sombrero y botas. Quien no tenía armas propias entraba como pica seca —soldado piquero sin más protección que el morrión, sin coselete ni el resto de la panoplia, hasta que ahorrara lo suficiente para mejorar su equipo.
Se entregaba también un adelanto, deliberadamente modesto para no animar a nadie a cobrar y desertar a la primera noche, a cuenta de la soldada —la paga del soldado. Con las décadas, esa paga inicial fue subiendo a medida que escaseaban los voluntarios: lo que en 1567 podía rondar los 3 ducados, en 1647 ya se pagaba casi diez veces más.
Incorporación al grupo, los primeros días bajo el mando del cabo, y el arranque de la marcha.
Para muchos hombres, el verdadero viaje comenzaba entonces.
Muchos de los que se alistaron nunca llegaron a entrar en combate. La marcha en sí —el hambre, la enfermedad, el frío— se cobró más vidas que muchas batallas: solo en el Camino Español, la ruta terrestre entre Milán y Flandes, España envió más de 100.000 soldados entre 1567 y 1659, de los que murieron más de 40.000 —más del 40 %— antes de llegar o durante el servicio, según la obra de referencia de Geoffrey Parker. Algunos desertaban, sobre todo cuando la paga se retrasaba meses o incluso años.
Y hay algo más que las crónicas oficiales pasan por alto: la leva también era, para algunos, una salida de la justicia. Una disposición real de la época permitía sacar de la cárcel a los presos «de buena edad para servir», siempre que no fuera por «delitos atroces», conmutándoles la pena a cambio de un tiempo fijo en las compañías. El propio capitán Alonso de Contreras, cuyas memorias son una de las fuentes más citadas sobre la vida militar de la época, cuenta cómo reclutaba a hombres perseguidos por la ley —y cómo, si alguno acababa condenado a muerte, sus bienes confiscados pasaban a manos del capitán que lo había alistado. La picaresca no se quedaba a las puertas del cuartel.
El propio Marcos de Isaba, capitán y tratadista militar de la época, llegó a proponer institucionalizar esa misma lógica: que corregidores y alcaldes llevasen en secreto una relación de los mozos «inquietos, revoltosos, pendencieros» de cada pueblo —los que ya daban disgustos a sus padres y a la justicia local— para que, llegado el momento de levantar una compañía, fuesen ellos los primeros en ser enviados a filas. No como condena —esos delitos graves seguían en manos de la justicia ordinaria—, sino como salida: el pueblo se libraba de sus problemáticos, la familia de sus disgustos, y el capitán completaba antes su compañía.
Hilario de Vera pasa exactamente por este proceso al incorporarse a la compañía de Vergara, en la Plaza del Arrabal de Madrid: la cola, las preguntas del escribano, el asiento de su nombre y, por último, la pica seca que le entregan: «tomó con dificultad la pica, más pesada de lo que esperaba».
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Geoffrey Parker, El ejército de Flandes y el Camino Español, 1567-1659 (Alianza Editorial); «Las levas de soldados a Indias en la baja Andalucía, siglo XVII» (Universidad Internacional de Andalucía); Marcos de Isaba, Cuerpo enfermo de la milicia española (1594), tratado militar manuscrito del propio autor, capitán de los Tercios.
Tercios Viejos; Arre Caballo; Muy Interesante; Wikipedia; INISEG.