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Crónicas de la marcha · Pasto de la gloria

Pasto de la gloria

Soldados y civiles, cristianos y conversos, que la marcha dejaba atrás.
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«...Los cuerpos yacían tendidos en la explanada frente al glacis donde la lluvia convertía la tierra en una masa espesa de sangre, vómitos e inmundicia corporal...»

¿Qué pasaba con los muertos cuando la marcha continuaba?

Por qué se debía enterrar rápido

Morir en una batalla era una cosa; lo que ocurría después, otra muy distinta. Son muchos los interrogantes: ¿Quiénes retiraban los cuerpos? ¿Quiénes los enterraban? ¿Acaso rezaban por ellos? ¿Sabían sus nombres? Y, sobre todo, ¿quiénes se acordaban de ellos cuando la columna ya había desaparecido en otra marcha?

La respuesta no era la misma para todos.

Unos tenían nombre, rango, familia y alguien que podía reclamar su cuerpo. Así sucedía. Dependiendo de quién se tratase o qué rango ostentase podría ser hasta repatriado. Para el resto, la muerte terminaba sin lápida, sin registro y, a veces, sin que nadie pudiera decir dónde habían quedado sus cuerpos. El estudio de Curry y Foard sobre los campos de batalla europeos muestra precisamente esa diferencia entre la memoria de los mandos y la desaparición de los soldados comunes.

Y cuando la muerte llegaba en plena marcha, ni siquiera había tiempo para eso. Había que enterrar y seguir.

Un cuerpo abandonado a la intemperie no podía permanecer allí indefinidamente. La descomposición obligaba a actuar con rapidez, y en un ejército en movimiento esa urgencia se mezclaba con otra mucho más sencilla: la columna no podía detenerse para dar sepultura a cada hombre, mujer o niño que moría.

El entierro rápido era, por tanto, una cuestión de higiene y de necesidad. Una vez más, Curry y Foard muestran cómo los cuerpos solían ser enterrados tras el combate, a menudo por habitantes de las localidades cercanas, mientras el ejército continuaba su marcha o su asedio.

Pero antes de llegar a la fosa, las pertenencias del difunto podían convertirse en otra forma de supervivencia.

«...Saltando entre cadáveres, mujeres y niños se movían buscando algo de valor. Cualquier cosa que pudiera cambiarse por comida...»

El saqueo de los muertos formaba parte de la realidad de la guerra. Ropa, calzado, bolsas y cualquier objeto que pudiera tener algún valor desaparecían del cadáver. Después de que los combatientes abandonaran el terreno, los habitantes de la zona podían volver sobre él en busca de lo que quedara. La arqueología de los antiguos campos de batalla refleja también esa realidad: muchos cuerpos llegaban a las fosas después de haber perdido casi todas sus pertenencias.

En la marcha, la urgencia era todavía mayor. Si un hombre moría en ruta, se le enterraba donde caía, con lo que hubiera a mano, y se seguía andando.

«...La columna siguió avanzando. Nadie se detuvo. Nadie dijo nada (...) La serpiente no respetaba nada. Ni a los vivos. Ni a los muertos...»

También el enemigo podía recibir un trato distinto antes de llegar a esa fosa. La guerra de Flandes fue una guerra civil y religiosa, y la rendición no garantizaba siempre la vida. El sitio de Haarlem, entre 1572 y 1573, ofrece un ejemplo documentado de esa violencia: tras la rendición, alrededor de 1.500 hombres de la guarnición fueron ejecutados, mientras los soldados alemanes fueron exceptuados.

La muerte, por tanto, no empezaba siempre en el momento en que un hombre caía. Para algunos, la desigualdad estaba ya decidida antes de que hubiera que pensar en su entierro.

Salvar el alma; el cuerpo, Dios dirá

En una sociedad profundamente religiosa había otra urgencia: salvar el alma.

«...Entre ellos, los sacerdotes bregaban con el hedor, mientras daban la extremaunción a los moribundos...»

No era solo una imagen literaria. El Ejército de Flandes contó con capellanes asignados a sus tercios, y la atención espiritual a los heridos y moribundos formaba parte de sus funciones.

El caso documentado del jesuita Thomas Sailly, capellán mayor del Ejército de Flandes, pertenece a 1587, once años después de la escena de Gante. Durante el sitio de Sluis aparece atendiendo a heridos y moribundos bajo fuego. La fecha es posterior y conviene mantener esa distancia, pero el episodio confirma que la atención de los sacramentos en campaña era una función reconocida dentro de aquel ejército.

Dar la extremaunción podía llevar unos minutos, incluso segundos, pero cavar una fosa para cada caído exigía un tiempo que la columna en marcha no podía conceder.

El alma debía recibir un rito; el cuerpo, ni siquiera quedaba registrado.

Siempre había un compañero ahí

Si el registro oficial no guardaba el nombre del soldado raso, ¿quién lo hacía?

En la novela, la respuesta aparece una y otra vez: los de al lado.

No era un procedimiento militar. No era una obligación administrativa. Era la decisión de un compañero que no estaba dispuesto a dejar a otro hombre tirado en el barro.

«...—Hilario —dijo al fin—. Ayúdame. No vamos a dejarlo tirado como un perro...»

En otra escena:

«...La serpiente no respetaba nada. Ni a los vivos. Ni a los muertos. Hilario y Villalba lo tomaron por pies y brazos y lo apartaron del camino. El peso del cuerpo inerte se hundió en el barro, improvisando una sepultura...»

Cuando las instituciones no podían garantizar un nombre, una tumba o un registro, la dignidad podía quedar reducida a algo mucho más sencillo: una piedra colocada sobre un cuerpo, una oración dicha de memoria o alguien que se negaba a dejarlo tirado. La camaradería parecía ser lo único que no podía detener la marcha.

Lo que normalmente no se cuenta

Los muertos quedaron atrás. Los heridos, los cuerpos sin nombre, las pequeñas piedras colocadas sobre una fosa improvisada, los que ni siquiera tuvieron eso. Y, sin embargo, la columna siguió avanzando.

Gante estaba en el centro de una semana de violencia, saqueos, combates y negociaciones. Horas después, tras la ratificación de la Pacificación de Gante, lo que quedaba de la guarnición española pudo abandonar la ciudadela bajo salvoconducto. La guerra no se había detenido por los muertos de la explanada. Mucho menos la marcha.

Relación con la novela

La escena que abre este artículo es, literalmente, la escena que abre la novela. El Preludio sitúa a los personajes en el Spanjaardenkasteel de Gante, el 7 de noviembre de 1576, con los cuerpos tendidos en la explanada bajo la lluvia. Entre ellos, inmóvil, yace el que una vez fue llamado «el cabo». Investigar qué ocurría después de una batalla como aquella —quién enterraba, quién rezaba, quién recordaba— no es solo documentarse: es entender el terreno exacto, en barro y en sangre, donde arranca la historia de Hilario de Vera.

La gloria no avanzaba sola. Necesitaba alimentarse del pasto que dejaba la marcha a su paso.

Dos sacerdotes dan la extremaunción a los moribundos entre los cadáveres de la explanada, bajo la lluvia, con la muralla del Spanjaardenkasteel al fondo.
Los sacerdotes daban la extremaunción.
Ellos no
Redoblan los tambores del alistamiento.
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Preguntas frecuentes

Sigue leyendo

¿Así te alistabas en los Tercios españoles? →
¿Se enterraba realmente a los soldados caídos en combate?
Sí, por lo general, pero casi nunca de forma individual. Los registros arqueológicos (Curry y Foard, 2017) muestran enterramientos colectivos rápidos, a menudo a cargo de los vecinos de la zona, no del propio ejército.
¿Por qué había tanta prisa en enterrar a los muertos?
Por higiene —un cuerpo en descomposición propagaba enfermedad entre tropas y población civil— y porque el ejército o la columna en marcha rara vez podía permitirse detenerse.
¿Tenían los soldados rasos algún tipo de lápida o monumento?
Casi nunca antes del siglo XVII. Los nombres que sobrevivieron en los registros son, abrumadoramente, los de la oficialidad.
¿Qué pasaba con las pertenencias de un soldado muerto?
Solían ser saqueadas de inmediato por otros combatientes, por civiles o por los propios habitantes de la zona, como recoge también la escena que abre este artículo.
¿Daban los sacerdotes la extremaunción en pleno combate?
Sí. Los capellanes asignados al Ejército de Flandes atendían a heridos y moribundos entre el fragor de la batalla; el caso del jesuita Thomas Sailly, documentado en el sitio de Sluis (1587), confirma que esa era una función estable dentro de ese mismo ejército, aunque posterior a la escena que narra este artículo.
¿Qué fue la Pacificación de Gante?
El acuerdo firmado en 1576 entre las diecisiete provincias de los Países Bajos para unirse contra las tropas españolas, tras el saqueo de Amberes. Se ratificó el 8 de noviembre de 1576, mientras el asedio al Spanjaardenkasteel de Gante todavía continuaba.
¿La escena de Gante ocurrió de verdad?
El asedio en el que se enmarca, sí: el Spanjaardenkasteel de Gante estuvo sitiado del 15 de septiembre al 11 de noviembre de 1576, y hay combate real documentado en esas fechas. Lo que no está documentado día por día es un combate específico y masivo el 7 de noviembre exacto, ni la imagen concreta de los cuerpos amontonados en la explanada frente al glacis: eso es la puesta en escena de la novela, verosímil y bien encajada dentro de un asedio real y activo. El marco histórico —fechas, asedio, combates, la rendición— es real; la escena concreta es ficción históricamente plausible.
¿Qué tipos de comisario había en un Tercio? → ¿Qué papel tenían las mujeres en la marcha? → ¿Quién financiaba las guerras de la Corona? → ¿Cuándo el valor de un soldado merecía premio, y cuándo castigo? → ¿Cómo se llegaba a Flandes por el Camino Español? → ¿Cómo se organizaba un campamento de los Tercios? →
Glosario
Explanada — terreno llano y despejado frente a una fortificación, usado como escenario de combates y asedios.
Glacis — talud en pendiente suave que rodeaba una fortificación, construido para exponer al atacante al fuego defensivo sin cobertura.
Extremaunción — sacramento católico administrado a los moribundos; en campaña, solía darse deprisa y entre el propio combate.
Capellán — sacerdote asignado a una unidad militar para la atención espiritual y los sacramentos de la tropa.
Spanjaardenkasteel — «castillo de los españoles», fortaleza construida en Gante entre 1540 y 1545 bajo Carlos V, escenario del Preludio de la novela.
Pacificación de Gante — acuerdo de 1576 entre las diecisiete provincias de los Países Bajos, ratificado el 8 de noviembre mientras el Spanjaardenkasteel seguía sitiado.
Fuentes académicas

Anne Curry y Glenn Foard, «Where are the dead of medieval and early modern battles? A preliminary survey» (Journal of Conflict Archaeology, 2017), sobre la arqueología de los campos de batalla europeos y la práctica del entierro colectivo; Wayne Lee y Julian Humphrys, sobre el despojo sistemático de los caídos como práctica legítima y generalizada en la guerra medieval y moderna temprana; documentación histórica sobre el asedio del Spanjaardenkasteel de Gante (15 de septiembre-11 de noviembre de 1576) y la Pacificación de Gante; fuentes documentales sobre Thomas Sailly, capellán jesuita del Ejército de Flandes (sitio de Sluis, 1587), y sobre el sitio de Haarlem (1572-1573).