«...—Que por qué luchamos. Salí de Madrid creyendo que me haría grande... pero desde que partí solo me veo más pequeño, con hambre, frío, dolor y barro hasta los huesos. ¿Y para qué?
Alonso dejó la navaja a un lado, como quien aparta un pensamiento incómodo.
—Hilario... el imperio no se sostiene con sueños, sino con hombres que cumplen su deber. Marchar, luchar y hacerle cada vez más grande. Eso mantiene la Corona en pie...»
En 1594 se publicó el Cuerpo enfermo de la milicia española, con discursos y avisos para que pueda ser curado, de Marcos de Isaba. Es un tratado de denuncia y reforma que su autor escribió, según su propio prólogo, desde la experiencia directa de décadas de servicio en las filas, no desde un despacho. No es un relato de campaña: diagnostica los males que Isaba había visto de cerca, como el fraude de las «plazas muertas», la mala paga y la indisciplina presentada como valentía, y propone remedios.
Dos de sus capítulos tratan una cuestión concreta: qué acciones de un soldado merecían premio y cuáles no. Según el texto, varias de las acciones que suelen considerarse heroicas merecían castigo cuando se hacían sin orden.
Marcos de Isaba tomó su apellido del pueblo donde nació: Isaba, en el valle navarro del Roncal. Fue capitán de los Tercios y mandó una compañía de 178 hombres en Lepanto (1571). Su rastro biográfico es escaso: no hay una ficha biográfica consolidada de Isaba en las fuentes académicas accesibles, y lo poco que se sabe de él con certeza procede sobre todo de su propio libro.
Isaba escribe sobre soldados que querían ser reconocidos por sus hazañas. Su preocupación, según el propio texto, no es negar el valor, sino distinguir qué debía premiarse como mérito y qué, aunque pareciera heroico, perjudicaba al ejército.
Los capítulos 5 y 6 de su «Discurso y avisos» (folios 30-35 del ejemplar digitalizado en archive.org, identificador ARes10507) enumeran doce situaciones en las que un soldado podía creerse merecedor de una «ventaja», es decir, un sobresueldo o reconocimiento formal al mérito, y explican por qué, en la mayoría de los casos, no la merece. Algunas deben ser castigadas. El criterio es el mismo en todos los casos: lo decisivo no es el hecho en sí, sino que se haga por orden y dentro de la formación.
Antes de llegar a la lista, Isaba pone el contexto. Ha visto a soldados hacerse fama de «espadachines» nocturnos para ganarse una ventaja reservada a «vn bueno valiente y antiguo soldado» — y luego, en combate real, «mostrado vna flaqueza y temor grandíssimo huyendo delas escaramuças». La fama de valiente y el valor real, advierte, no son necesariamente la misma cosa. Con esa premisa, enumera doce casos:
La lista se reparte en tres grupos. Cuatro casos corresponden al deber y se pagan con el sueldo ordinario: asistir, trabajar y permanecer en la trinchera; hacer guardias extraordinarias; salir unido en escaramuza o batalla; y los trabajos de cestones, trincheras, minas y artillería. Seis casos se castigan aunque salgan bien, porque se hicieron sin orden o sin licencia: atacar una batería o reconocer un lugar por cuenta propia, retar a duelo a un enemigo, correr el campo, conversar con el enemigo, escalar una muralla abandonando el puesto y reconocer al enemigo por cuenta propia. Los dos restantes no dan ventaja: matar a un enemigo de un tiro aunque lo vea todo el mundo, y cumplir una orden «gruñendo y murmurando».
Isaba cierra el capítulo con una advertencia: «corren en esta soldadesca otras muchas cosas, pésimas y malas, que se atribuyen a valor y virtud». Según su texto, los generales las aceptaban y las engrandecían como si fueran servicios particulares, y esa tolerancia podía llevar a un ejército «envalentonado por el desenfreno de estos» a lanzarse a un asalto sin licencia de sus oficiales, perder «el honor y la vida» y poner en «confusión y perjuicio» la causa entera.
«...Los tambores españoles, de los hombres sin paga, sin mando y sin esperanza, avanzaban como una ola negra. Cuando el sol apenas levantó una línea sobre los tejados, la primera columna, comandada por Dávila, que se esforzaba por contener a sus hombres frente a los rebeldes, dio las últimas órdenes y salió de la ciudadela...»
La nota del autor de Ellos no incluye la frase «Aquí no se canta la gloria», y la novela toma como protagonistas a soldados anónimos. Las doce situaciones de Isaba aportan una base documental de 1594: un capitán veterano de Lepanto distingue, por escrito, el valor ordenado del que rompe la formación.
«...Mondragón avanzaba hacia el estuario con tres compañías de arcabuceros, piqueros veteranos, guías locales y barqueros flamencos que conocían las mareas como si fueran un idioma. Iban al socorro de Goes.
Villalba, junto con Montero, Espinosa y los demás, tuvo que meterse en las gélidas aguas semidesnudos a la orden de Mondragón...»
El vadeo de Goes, que la novela recoge, es un episodio documentado. Durante la noche del 20 de octubre de 1572, tres mil hombres escogidos —mil españoles, mil valones y mil alemanes— reunidos por Cristóbal de Mondragón junto a Bergen op Zoom cruzaron a pie el brazo de mar que los separaba de Zuid-Beveland para socorrer Goes, sitiada por tropas rebeldes al mando de Jerónimo de 't Zeraerts. Según Motley, entraron en el agua con la marea a medio bajar, recorrieron unas tres leguas y media y alcanzaron la orilla opuesta, junto a Yerseke, antes del amanecer. Murieron ahogados nueve hombres.
Fue una acción ordenada, colectiva y bajo mando, es decir, lo contrario de los casos que Isaba castiga por hacerse por cuenta propia. (Véase la crónica Pasto de la gloria.)
Isaba no limita la responsabilidad a los soldados. Según su texto, los mandos aceptaban y engrandecían las conductas indisciplinadas como si fueran servicios particulares, de modo que el propio sistema de premios las reforzaba. La reforma que propone es que las ventajas no se concedan «con la facilidad» con que entonces era costumbre, sino ganándolas «con el brazo, sirviendo, trabajando, asistiendo en la milicia».
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Marcos de Isaba, Cuerpo enfermo de la milicia española, con discursos y avisos para que pueda ser curado (Madrid, 1594), capítulos 5-6 («Discurso y avisos»), folios 30-35 — ejemplar digitalizado en archive.org, identificador ARes10507, transcrito y traducido directamente de esas páginas para este artículo y para «El poder sin legado ni batalla»; H. O'Donnell y Duque de Estrada, «Marcos de Isaba», Revista de Historia Militar (1994) — fuente ya usada en el artículo del comisario, de donde sale el dato de los 178 hombres mandados en Lepanto, confirmado de forma independiente en generaldavila.com como segunda referencia no académica; John Lothrop Motley, The Rise of the Dutch Republic, capítulo VIII (Project Gutenberg, n.º 4820), para el vadeo de Goes de 1572.