«... Lope, comisario de leva desde hacía más de quince años, se había acomodado en el puesto: sabía bien que era más rentable que servir en el frente. Con el tiempo aprendió que, en un cargo como el suyo, no todos los ingresos dependían de que la paga real llegase a tiempo,...»
¿Quién era, de verdad, el hombre que decidía quién quedaba asentado en la leva y quién no?
Francisco Duarte era el Comisario general, nombrado por Carlos V en 1545, con autoridad sobre otros comisarios y sobre el abastecimiento del ejército. Era el eslabón más fuerte en la cadena de mando de esta jerarquía. En 1555 el Duque de Alba extendió comisiones similares para los ejércitos de Piamonte y Lombardía. Estas figuras no supervisaban levas, ni compañías; supervisaban ejércitos completos.
Por debajo de ellos los cargos de control se extendían a los veedores, cargo cuyo trabajo era comprobar, sobre el terreno, que la tropa que figuraba en los libros existía de verdad. Contaban la tropa real, declaraban a cada soldado útil o inútil, comprobaban las carencias de equipo para descontarlas del sueldo, y autorizaban el pago. Era el control cruzado que debía impedir que un capitán cobrara por hombres que no existían.
«—¿Cómo que muertos?
—Oñate soltó una risa seca, sin humor—. Claro, claro… los muertos vivos cobran.
—Las listas me las pasan los capitanes. Furriel, ya sabe cómo va esto —se limitó a decir el escribano.»
A pie de camino, el eslabón presumiblemente más débil y con menos poder en esa gran cadena de mando era el comisario de leva. Este comprobaba que el alistamiento fuera voluntario. Conviene dejar claro que en el siglo XVI nadie era arrastrado a la fuerza a una leva. Por ley, el proceso de alistamiento tenía que ser voluntario. Algunos de los comisarios sabían que su poder no era débil. Aceptaban o rechazaban reclutas sin dar explicaciones, respondiendo con su propio nombre de que esa leva —a veces cien hombres, a veces más— llegara completa, disciplinada y a tiempo a su destino. Marcaban ruta, alojamientos y provisiones. No hacían las cuentas del ejército. Hacían que las cuentas cuadrasen en los libros. Y sobre todo, que los hombres llegaran a destino sanos y salvos.
Frente a la mesa de reclutamiento, el recluta podía oír dos palabras: Asiéntalo o Próximo. Estas marcaban su futuro. La voz firme del comisario le mandaba a Flandes o un leve gesto de cabeza le apartaba de los Tercios. Ese poder no era mínimo. Aunque obligado a rendir cuentas ante el rey y su Consejo de Guerra, sabía del privilegio con el que contaba. Se movía a caballo entre los pueblos de su región durante semanas, y era, muchas veces, la única cara de la Corona que un recluta llegaba a ver de cerca. Ese hombre que no llevaba armadura ni mandaba ejércitos se sentaba bajo un toldo, con un escribano a su lado y un libro de cuero gastado. Decidía, uno por uno, quién se quedaba y quién volvía a casa.
Marcos de Isaba lo vio de cerca: veterano curtido en los propios tercios, capitán al mando de una compañía de 178 hombres en Lepanto (1571). Años después escribió lo que había vivido sin suavizarlo. Así quedó recogido por Hugo O'Donnell y Duque de Estrada, en la Revista de Historia Militar, núm. 76 (1994):
«...Contra los abusos perpetrados por los comisarios con ocasión de la asignación de alojamientos brama Marcos de Isaba, ya que muchos ricos, para librarse de la molestia y riesgo de este deber, los sobornaban para quedar exentos, o al menos alojar a personaje principal, resultando perjudicados los más pobres, que tenían que recibir en su casa a mayor número de huéspedes, y también los propios soldados que con frecuencia se veían obligados a compartir cama...»
Quien fuera comisario de leva sabía que su poder no requería dejar legado ni batallar para conseguir riqueza.
Desde el instante del asiento, el comisario respondía por cada hombre de su leva. Contaba cabezas cada mañana. Perseguía a los que desertaban de noche desde los pajares donde dormían. Y en el camino, entre semanas de marcha, era también quien imponía el orden — con el cinturón, si hacía falta.
«Lope se quitó el cinturón despacio; cada vuelta de cuero hablaba por él.»
No era un cargo de despacho. Era autoridad ejercida a pie de camino, sobre hombres que habían elegido alistarse pero no obedecerle a él. Y muchas veces le debían más miedo que respeto.
Las crónicas de la época hablan de capitanes y de generales. Casi nunca de estos hombres de mesa y libro, que decidían con una firma quién se quedaba fuera de la leva y quién marchaba hacia Flandes sin vuelta atrás. Ese era su verdadero poder.
Lope de Arce es comisario de leva desde hace más de quince años cuando cruza el camino de Martín Oñate en San Sebastián. Sabe mejor que nadie cómo sacarle provecho al puesto, y no tiene reparo en imponer disciplina a golpe de cinturón cuando la leva se le desmanda. No es un villano de capa y espada: es, sencillamente, un hombre que aprendió pronto que mandar sobre desesperados paga mejor —y cuesta menos— que servir en el frente.
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Isaba, Marcos de: Cuerpo enfermo de la milicia española (Madrid, 1594; reed. Ministerio de Defensa, Secretaría General Técnica, Madrid, 1991, pp. 186 y ss.); O'Donnell y Duque de Estrada, Hugo: «Poner una pica en Flandes en el siglo XVI: proceso de reclutamiento y conducción de la Infantería española», en Revista de Historia Militar, Servicio Histórico Militar y Museo del Ejército, Ministerio de Defensa, Año XXXVIII, núm. 76 (1994), pp. 11-39, ISSN 0482-5748 (cita en p. 29, nota 16); Antonio Jiménez Estrella, Poder, ejército y gobierno en el siglo XVI. La Capitanía General del Reino de Granada y sus agentes (Universidad de Granada, 2004); Magdalena de Pazzis Pi Corrales, «Los tercios en el mar», Cuadernos de Historia Moderna, 32 (2006), Universidad Complutense de Madrid; «Historia del Cuerpo de Intendencia», Ejército de Tierra, Ministerio de Defensa.
Tercios Viejos; Cátedra de Historia y Patrimonio Naval; Wikipedia.